Microbiólogos como Justin Sonnenburg y un grupo italiano han hecho un descubrimiento sorprendente al analizar la flora intestinal de jóvenes de Burquina Fasso (África) y compararla a la de niños de Florencia (Italia). Los jóvenes africanos se alimentaban principalmente de una dieta de sorgo y mijo, mientras que los europeos tomaban una variedad de la dieta occidental a base de alimentos refinados. La flora intestinal de los florentinos constaba de microbios preparados para degradar proteínas, grasas y azucares simples, mientras que los africanos hospedaban microbios que degradan carbohidratos complejos como las  fibras vegetales.

Los científicos sospechan que la calidad de nuestra flora microbiana intestinal condiciona nuestro sistema inmunológico y el metabolismo, de modo que una flora  dañada puede favorecer enfermedades como el asma o la obesidad.

Comida rapida (Deviantart, Kram1032)
Comida rapida (Deviantart, Kram1032)

Podríamos pensar que todas las personas sanas tienen mas o menos los mismos microbios en el intestino en todas partes, pero los microbiólogos han encontrado que no es así. Resulta que la flora en los occidentales sanos con dietas modernas del siglo XXI es muy distinta de la los que viven de alimentos que consideramos dieta “neolítica” o ancestral. ¿Cómo se han perdido esos microorganismos por el camino del progreso?

Algunas pistas se las dieron experimentos llevados a cabo con ratones. Cuando se les daba una dieta sin fibra y llena de azucares y grasas los microbios que descomponían la fibra tendían a desparecer, pero se recuperaban al regresar a la dieta rica en fibras. Sin embargo, si una hembra daba a luz durante el periodo de alimentación “moderna”, sus retoños no adquirían muchos de los microbios digestores de fibra, así que cuando se les alimentaba con fibras no eran capaces de generar dichos microbios, y eso se acentuaba en sucesivas generaciones de ratones, así que perdidas temporales de diversidad microbiana intestinal se convertían en permanentes. La razón de este hecho es que durante el parto la madre transmite sus cultivos bacterianos a los hijos, en cierto modo como herencia genética “extra celular”.

Volviendo a los humanos, desde finales del siglo XIX las sociedades occidentales han experimentado en distintos momento los fenómenos de:

  • la higiene sanitaria, que cerrando el paso a microorganismos patógenos también hace de barrera para los benefactores.
  • los antibióticos, que atacan tanto a los microorganismos perjudiciales como a los buenos.
  • la comida basura, que por falta de fibras vegetales hace perecer las bacterias que descomponen las fibras y reduce la diversidad de microbios intestinales.

Como resultado se ha constatado el aumento de las enfermedades no contagiosas como alergias, asma, obesidad, etc.

Pero ¿cómo era la flora bacteriana de nuestros ancestros “sanos”? 

El “National Institutes of Health’s Human Microbiome Project” , un proyecto de la Universidad de Nueva York, ha estado recogiendo microbios intestinales de las poblaciones primitivas en lugares como el Amazonas, el Este de África, Papua Nueva Guinea y otros, antes de que esos microbios se extingan. En el proceso han comprobado que la diversidad de organismos intestinales es mucho mayor en esas poblaciones que en los europeos o norteamericanos, hasta un 50% mayor, a pesar de ser muchos menos individuos.

Se está aun lejos de clasificar cada uno de esos organismos, que no todos son bacterias, en buenos, malos o indiferentes. Incluso algunos considerados habitualmente como patógenos pueden tener efectos protectores para ciertas enfermedades. Lo que si es seguro es que todas las poblaciones ancestrales tienen muchas más bacterias fermentadoras de fibra vegetal, incluso las bacterias encontradas en un cadáver momificado de un habitante de Europa de hace miles de años.

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El estilo de vida de los pobladores ancestrales les hace padecer de enfermedades infecciosas, pero en contraste con los modernos occidentales padecen muchas menos enfermedades como fiebre del heno, asma y otras auto inmunes. Los científicos han comprobado los mecanismos que hacen que las fibra degradada por nuestras bacterias intestinales produce ácidos grasos butírico y acético que tienen un efecto anti inflamatorio en las células. Por tanto parece que la gran cantidad de fibras vegetales procedentes de hojas, frutas o cereales no refinados que consumen las poblaciones primitivas las protegen de muchas enfermedades modernas. Por ejemplo: poblaciones africanas cuya alimentación incluye grandes cantidades de fibra desconocen casi completamente el cáncer de colon.

Sin embargo, recuperar esas poblaciones intestinales una vez perdidas no es tan sencillo, ya que ante la falta de fibras, los mismos microorganismos atacan el mucus protector del intestino degradándolo desde una fina capa uniforme a una serie de parches dispersos que dejan al descubierto zonas de tejido intestinal proclives a sufrir inflamación, agudizada por la ingestión de alimentos refinados, lo que acaba produciendo numerosas complicaciones de salud frecuentes en las sociedades modernas. Aunque mucha variedad de microorganismos intestinales han desaparecido posiblemente para siempre en gran parte de la población, a pesar de que algunos habían convivido con nosotros cientos o miles de generaciones, los beneficios generales de la ingesta de suficiente fibra vegetal se pueden experimentar de todos modos aun sin tener la misma variedad microbiana que nuestros ancestros

Stephen O’Keefe, gastroenterólogo en la Universidad de Pittsburgh, hizo un experimento intercambiando la dieta entre una muestra de 20 americanos de origen africano cuya alimentación era la típica moderna occidental y otra de 20 africanos con una alimentación tradicional rica en fibra. En quince días los afro americanos alimentados con mucha más fibra experimentaron una disminución en sus síntomas de inflamación crónica intestinal , al contrario que los africanos que empezaron a mostrar síntomas de la misma. Esto le demostró que no solo influye la variedad y cantidad de microbios intestinales, sino también el cómo son tratados. Además , la convivencia con animales y la vida en la naturaleza aumenta progresivamente la diversidad microbiana en nuestro interior por la transmisión desde el ambiente exterior a nuestro cuerpo.

Frutas fuente de fibras (Pixabay)
Frutas fuente de fibras (Pixabay)

 

El matrimonio Sonnenburg como científicos prácticos también lo experimentaron con su propia hija, que padecía estreñimiento. Cambiando su dieta “normal” por otra rica en fibras de vegetales y granos integrales, comprándole un perro (fuente de microorganismos) y cultivando su huerta, comprobó que al cabo de algunos años la flora microbiana de la niña se había incrementado en un 50%, mas o menos como la diferencia de las poblaciones primitivas y los hombres modernos.

Sin poder saber en todo detalle de donde vinieron los nuevos microbios de la niña, si de la tierra de la huerta, o del perro, o de la masa fermentada para hacer pan que manipulan, o de los que estaban ya allí en cantidad residual pero eclosionaron al recibir alimento en forma de fibra vegetal el hecho es que, aun sin comprender del todo los  mecanismos implicados, se puede dirigir el proceso en una dirección más saludable para la gente incrementando lo suficiente la ingestión de fibras vegetales en la dieta.

Extraido de Nautilus, por Moises Velasquez.